''No debemos nada a los terroristas, ellos nos deben la vida de Alberto y Ascen''
La hermana del concejal popular asesinado puso la voz para renovar el compromiso de Sevilla con la paz frente "al olvido que quieren imponerno"
José Luis García. Publicado en ABC de Sevilla 31/01/2012
La
esquina de la calle Don Remondo con Cardenal Sanz y Fores, donde
el 30 de enero de 1998 fueron asesinados Alberto Jiménez Becerril y su esposa,
Ascensión García Ortiz, acogió ayer, por décimocuarto año consecutivo el sencillo homenaje que Sevilla rinde al matrimonio caído bajo las balas de los asesinos etarras por la simple razón de «defender la libertad y la democracia», tal y como se encargó de recordar el
ministro del Interior, Jorge Fernández, con cuya presencia tanto en la misa funeral como en el acto a pie de calle se ha roto este año la significativa ausencia que durante los años anteriores habían mantenido los responsables de Interior del anterior Gobierno socialista.

RAÚL DOBLADO
El alcalde, Juan Ignacio Zoido, se dirige a los asistentes al homenaje a Alberto y Ascen en la calle Don Remondo. Tras él, el ministro de Interior, Jorge Fernández, Teresa Jiménez Becerril y Javier Arenas
No fue, sin embargo, la voz del ministro la que se alzó en el lugar donde fue perpetrado el atentado, sino la de
Teresa Jiménez Becerril, hermana del concejal asesinado. Y lo hizo con tanta brevedad como contundencia para reclamar que la memoria de Alberto no se pierda, porque, dijo «ahora más que nunca necesitamos combatir el olvido que quieren imponernos», en referencia a quienes intentan hacer tabla rasa con la memoria de las
víctimas del terrorismo etarra.
«Aquí estamos —dijo—, sin pancartas, sin consignas, sólo con la razón, la moral y la dignidad» para decir «un rotundo y sereno no a ETA, a la impunidad, a la amnistía, a la independencia, a las excarcelaciones y a los beneficios penitenciarios».
Porque —añadió la hermana de Alberto Jiménez Becerril—, «a los terroristas no les debemos nada. Son ellos los que nos deben a nosotros, y nos deben la vida de Alberto y Ascen».
«Fueron asesinados por mantener la llama de la paz»
Las palabras de Teresa Jiménez Becerril fueron ratificadas con una espontánea ovación por parte de los cientos de personas que abarrotaban la calle Don Remondo, donde el ministro del Interior y
el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido colocaron una corona de laurel bajo la lápida que recuerda en el
muro del Palacio Arzobispal el lugar donde cayó abatido el matrimonio sevillano. En el acto, al igual que había ocurrido en la misa que lo antecedió, estuvieron presentes familiares de Alberto y Ascen, encabezados por sus hijos, Alberto, Ascensión y Clara. Igualmente acompañaron a la familia amigos del matrimonio, compañeros de partido de Alberto, entre ellos el
presidente del PP andaluz, Javier Arenas, y concejales de la Corporación a la que pertenecía el edil asesinado, presidido entonces por
Soledad Becerril, que asimismo se encontraba entre los presentes, al igual que
Luis Miguel Martín Rubio, delegado de Seguridad Ciudadana en el momento del atentado.
Desde el dolor y la firmeza
El acto, que había arrancado con un responso por parte del arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, concluyó con la intervención del alcalde, que definió aquel punto de Sevilla en el que cada año se rinde homenaje a Alberto y a Ascen como un lugar de encuentro y recuerdo de dos personas de bien cuya memoria se mantiene viva «desde la serenidad, la tranquilidad y la sinceridad; con dolor —añadió—, pero con firmeza».
Zoido consideró imprescindible el mantenimiento de actos como el que se celebraba en ese momento, porque así, dijo, se mantiene vivo el recuerdo de Alberto y Ascen, y también «el legado que nos dejaron».
En el mismo sentido, el alcalde mostró públicamente su orgullo porque «catorce años después seguimos unidos en el recuerdo de dos grandes servidores» que fueron asesinados «por mantener la llama de la paz».
Por ello, Juan Ignacio Zoido consideró que Sevilla debe poner toda su energía e ilusión, «no desde la venganza, sino desde la esperanza, al servicio de la memoria del matrimonio asesinado «aquella terrible noche».
Arropar a la familia
El alcalde se refirió en este punto a la Fundación Alberto Jiménez Becerril, de la que dijo, siguiendo la idea que había expresado días atrás, que es la llamada a «recuperar la posición que tenía en el pasado» para mantener los valores que defendían y en los que creían Alberto y Ascen; unos valores cuyo mejor garante, en palabras de Juan Ignacio Zoido, es la propia familia del concejal asesinado, «que debe recuperar la posición que tenía en la defensa de esos valores».
En este punto se refirió al
hijo de Alberto y Ascen, recientemente llegado a la mayoría de edad, de quien dijo que debe abanderar desde la Fundación «la defensa de la memoria de sus padres». Por ello, al alcalde aludió a los hijos de Alberto y Ascensión, a la vez que lanzaba un llamamiento para reclamar que «se haga todo lo posible para que ninguno de ellos se sienta nunca solo».
Las palabras del alcalde pusieron punto y final a un acto multitudinario cuyo prolegómeno había sido la misa funeral oficiada por el arzobispo de Sevilla en recuerdo del matrimonio asesinado, un multitudinario oficio religioso que en esta ocasión tuvo como escenario la
iglesia del Sagrario, debido a las obras de restauración que se están llevando a cabo en la
Capilla Real de la Catedral.
Un dolor como nunca en Sevilla
El recuerdo colectivo a Alberto y Ascen tuvo ayer un punto de reflexión en la misa funeral oficiada por el arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, en la iglesia del Sagrario. En su homílía, el prelado se refirió a los terroristas que actuaron «sin piedad» contra el matrimonio sevillano, provocando con ello «un dolor colectivo como seguramente nunca se ha sentido en esta ciudad». El arzobispo transmitió palabras de esperanza a los asistentes que abarrotaban el amplio templo, a la vez que mostró su confianza en que las plegarias son el mejor homenaje que puede hacerse a la memoria de «este joven matrimonio cuyos cuerpos quedaron rotos por la violencia cruel en aquella mañana aciaga». El prelado acabó pidiendo que la fe toque el corazón de sus asesinos, «aquellos que con tanta impiedad empuñaron las armas».
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